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miércoles, 19 de junio de 2013

226.PERDONA POR PEDIRTE PERAS, NO SABÍA QUE ERAS UN OLMO.

Conozco a D. Es de Francia y está buscando un sitio donde quedarse a vivir. Me cuenta que, provisionalmente, la escuela donde estudia español le ha proporcionado un alojamiento con una señora y con su hijo de diez años. Me cuenta que quiere cambiarse porque no se adapta a la vida con ellos. Me sorprende que no escatima detalles a la hora de explicarme todos y cada uno de los hábitos familiares que, pese a los pocos días de convivencia, ya detesta de ellos.

No tengo motivos para desconfiar de su versión. Sin embargo, subo al apartamento de techos altos y grandes ventanas, puertas de madera de la de antes, suelos hidráulicos, cactus y plantas por todos lados y pienso que a mí no me desagradaría vivir en un lugar así.

Hasta que ocurre algo. A través de la puerta entreabierta de la habitación de la señora, vislumbro una estampa familiar. Son tres libritos: el dorado, el rosa y el amarillo, formando una suerte de bandera micropoética que ya antes había visto en el mostrador de El Arrebato Libros, mi librería favorita de Malasaña.

Esto no se hace, ya lo sé, pero entro en la habitación, abro el librito amarillo (Micropoemas II de, AJO) por la página 55 y me encuentro con el micropoema número 25. Cierro el libro. Me despido con un beso y le deseo a D. que tenga mucha suerte.

jueves, 15 de marzo de 2012

147. MICROSHOW.


Llego el primero al Teatro Central, subo las escaleras hasta la primera planta, y a las puertas de la sala B, una chica vestida de negro me pregunta nerviosa que si ya soy público.

Sé perfectamente a lo que se refiere, pero en vez de decirle que sí, que he llegado algo pronto, opto por jugar al equívoco y le contesto que no, que yo todavía soy privado.

Empieza el show y la poeta de las gafas rojas reivindica la desobediencia. Porque desobedecer es la única opción que nos queda para no ser cómplices de los que deciden por nosotros.

Yo me animo y, pese a la advertencia previa de la voz en off en la sala, saco la cámara y le hago esta foto. Está un poco movida, ya lo sé, pero es que a mí desobedecer me sigue poniendo un poco nervioso.

La poeta del vestido de lentejuelas hace pompas de jabón. A mí me parece que ese es el mismo vestido que se pone, en su casa de Madrid, cada vez que prepara unas lentejas.

La poeta de los zapatos rojos compra los besos por internet y los esparce por donde quiere. La mires por donde la mires, parece una mujer desmedida.

Como el resto de las modelos, sólo habla de su vida privada. Es entonces y solo entonces, cuando quiero entender la pregunta de la chica de negro. Sí, la del primer párrafo.

Entretanto, la poeta llamada AJO va recitando pequeños poemas enormes que, si andas desprevenido, se te pueden colar de la piel para dentro.