Vivo en un bloque de gente bien. Gente que cuando hace una obra encarga una estructura de madera para revestir el ascensor por dentro y protegerlo así de los rasguños que se pudieran producir debido al movimiento de materiales de obra y escombros.
Desde que vi aquella madera por primera vez, me dije que iba a escribir en ella uno de mis poemas. Uno de los que ya te había dedicado en el blog o incluso uno nuevo, diseñado especialmente para ese espacio.
La estrategia era aprovechar algún día de los que te quedabas a dormir, levantarme en mitad de la noche y sin que tú te dieses cuenta, salir hasta la escalera para perpetrar tu poema.
Hasta que un día la obra del octavo terminó y retiraron la madera, casi tan nueva como la habían colocado algunas semanas antes. Sin rasguños y sin poemas.
Desde que vi aquella madera por primera vez, me dije que iba a escribir en ella uno de mis poemas. Uno de los que ya te había dedicado en el blog o incluso uno nuevo, diseñado especialmente para ese espacio.
La estrategia era aprovechar algún día de los que te quedabas a dormir, levantarme en mitad de la noche y sin que tú te dieses cuenta, salir hasta la escalera para perpetrar tu poema.
Hasta que un día la obra del octavo terminó y retiraron la madera, casi tan nueva como la habían colocado algunas semanas antes. Sin rasguños y sin poemas.
Y es que, por muy poeta que yo me declare, en el fondo no soy más que un chico bien.
La foto es del ascensor de mi bloque.
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